lunes, 23 de enero de 2012

La nostalgia


"Eso lo resume todo, sin dar demasiados detalles. Sin dar ningún detalle en realidad. Es lo que siento, desde hace tiempo ya, mucho tiempo; la cantidad de horas y días acumulados, que luego se convirtieron en años disminuyó el sentimiento, y sin embargo, siempre estuvo ahí, escondido, esperando el momento exacto para salir a la luz. Fui una tonta en creer que podía manejarlo. Fui una estúpida en creer que ya no había nada ahí."

En sus veintiún años había visto y oído muchas locuras de aquella mujer, pero jamás la había leído así, como si fuera un frágil cristal a punto de romperse. Él siguió leyendo.

"Lo conocí un día al azar, amigo de amigos, cuando se lo presentaron a una de mis amigas. Nos odiabamos y nos queríamos: éramos amigos. Compartíamos situaciones, risas, chistes, hombros y dolores. Estuvo ahí cuando lo necesité durante mucho tiempo. Y luego todo cambió. No sé si en realidad las cosas eran diferentes, o si siempre habían sido así; si esa amistad era sencillamente una pantalla. Al fin de cuentas, todo cambió, y todo salió mal."

Comprendió el cariz que tomaba su escritura. Jamás debería haber agarrado ese cuaderno, jamás debería haber dejado a su impulso ganar. Jamás nadie debería haber leído aquello, por algo les llaman diarios íntimos. Estaba mal. Pero siguió él siguió leyendo.

"Su confesión trajo confusión. Todos quedamos sorprendidos, alarmados, desorientados. Particularmente yo. Fue demasiado, y me resguardé detrás de esa patética excusa. Fui una mala persona, una mala amiga. Fui una estúpida que pensó que podía dejar de pensar, como si eso fuera algo que estaba permitido. Y apagué mi cerebro, dejando de lado las posibles consecuencias. No pensé que algo podía salir mal, no había lugar para lo equivocado. Y salió todo mal. Hubo maquinaciones, malinterpretaciones, daños sin maldad y sin sentido. Y lo perdí."

Se contuvo de romper el cuaderno: ella se enteraría. Se conformó con darle un seco golpe a la pared, que le dolió, en su silencioso arranque de rabia. No quiso leer más; ella era tan tonta que creía las excusas que inventaba para los demás. No podía ser tan cruel, tan obvia. Pero él siguió leyendo.

"Me aproveché de la oportunidad. Y salí perdiendo. Perdí un amigo, un hombro, y luego eso se extendió. No quedó nadie, sólo quedamos mi error y yo, que eventualmente también rehusó mi compañía. Y en los momentos que lo necesité y ya no estuvo allí, lo comprendí todo. Nunca fui su amiga, nunca tuvo esa intención. Simplemente esa fue su ventana de entrada a mí. Eso es lo que siento. Lástima por la pérdida, nostalgia por los buenos tiempos. O los viejos tiempos, en realidad. Pero principalmente lo odio. Lo odio por haber tenido, o creído tener, sentimientos amorosos que me privaron de tener su amistad. No tenía ningún derecho. Y yo tampoco, si hay que decir la verdad. Y sin embargo, de todas las personas, yo sólo necesitaba sus palabras. ¿Estúpida, no?"

Cerró el cuaderno enojado. No tenía palabras para ella, no tenía nada que decirle. Pero notó un dejo de esperanza. Quizá podría mirarla y ella entendería que no estaba todo perdido. La miraría, ella entendería, y eso sería el comienzo; no tendría que decir nada. Dejó el cuaderno donde lo había encontrado. Y decidió dejar de leer.




La nostalgia, 23 de enero de 2012.
Incoherencias, proyecto
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

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