(Esta es una historia verídica. Cualquier similitud o coincidencia con la realidad es totalmente a propósito.)
Hace veinte años, Marcela se levantaba a las seis de la mañana, bajo el sofocante calor que sabe ofrecer Córdoba capital en pleno verano. El simple hecho de existir te hace transpirar, cualquier tipo de movimiento o actividad provoca cataratas de sudor. Abrió los ojos, suspiró y pensó para sus adentros feliz "hoy nace". Fernando, todavía bajo el encanto de su pareja, también se despertó, al oír a aquella muchacha de veintitrés años que se movía. Ella tuvo la mala idea de transmitirle su pensamiento, y así el calvario comenzó. Lo que debería ser un día tranquilo en pos del nacimiento, de la nueva vida, se convirtió en un ajetreo de preocupaciones. "¿Segura? ¿Y cómo sabés? ¿Te sentís bien?" y mil otras preguntas que Marcela ya ni se molestó en contestar. ¿Qué más certeza que esa intuición de madre por ser, de mujer que ha esperado nueve meses pacientemente y que sabe que no va a pasar otro día más con panza?
Entre Fernando y un amigo la llevaron a rastras a la maternidad; ella no quería, "no es el momento, todavía no" les decía, pero ellos, pobres hombres que no saben lo que es tener un ser en las entrañas, hicieron oídos sordos o cerebros obnubilados ante los dichos de la embarazada. En la maternidad, como era de esperarse, le dijeron que estaban saturados de mujeres pariendo; como nunca, todo el mundo quería dar a luz. "No, vuelva más tarde, vuelva a eso de las cinco de la tarde; y sino, atiendase en algún otro centro médico". Pero no, eso no podría ser posible, porque Marcela, cual cordobesa era, se distinguía por su terquedad, y quería atenderse en el mismo lugar donde había hecho cursos de relajación para el parto, donde estaban los médicos que había frecuentado; quería ese lugar con paredes exteriores rosadas que ya le era tan familiar.
Asi que pasaron el día a las corridas, porque Fernando quería que Marcela pariera, quería ver a su hijo, a Federico Fernando. De esta manera, se pasó el día con un raviol obstruyendole la garganta; se rehusó a comer otra cosa y ni siquiera se dio cuenta que si se alimentaba con algo más, iba a desaparecer cuan flaco era. Iba a las apuradas de aquí para allá, como un correcaminos, y pretendía que todos los demás le siguieran el paso.
A las cinco volvieron a la maternidad, pero todavía no había señales de Federico Fernando, que tantos dolores de cabeza le estaba dando a su padre, costumbre que no perdería una vez nacido. "Vuelva a las nueve"; los nacimientos seguían suciediéndose unos a otros y todavía no había ni espacio ni señales del bebé. A las siete de la tarde, Marcela se dio cuenta que realmente no daba más. Vivían en un modesto departamento de dos plantas, y ella se encontraba en la de arriba; quería bajar, pero no podía, la panza la estaba mortificando de dolor; Fernando, en la planta inferior la apuraba insistentemente, de la misma manera que te apura alguien cuando estás maquillándote en el baño y quieren entrar. Tras unos minutos que parecieron horas, Marcela bajó agarrándose la barriga y con un solo pensamiento: "ahora si, ahora va a nacer; ya vienes, hija querida".
¿Hija querida? ¿No era "Federico Fernando"? Bueno, hace veinte años no se acostumbraba a saber con antemano el sexo del bebé, por lo que era más bien un juego de adivinanzas. Y todos decían que iba a ser varón, el nombre ya estaba casi decidido. Digo casi, porque la única que estaba en desacuerdo era la futura mamá. Ella sabía, así como Isabel Allende soñó a sus nietos días antes que le dijeran "sí, vas a ser abuela"; Marcela sabía que en su interior no había ningún Federico Fernando (afortunadamente, porque esa combinación de nombres es espantosa), que en el vientre llevaba a una pequeña criatura de sexo femenino. Nadie le creía, pero el destino sabría ponerse de su lado.
Llegaron a la maternidad en un suspiro; el amigo de Fernando (no recuerdo si era un "Pupi" o un "Ferni") tenía un vehículo maltrecho casi sin frenos que los llevó como un prostíbulo en quiebra hasta la maternidad del barrio cordobés de San Vicente. Marcela entró pidiendo disculpas a la enfermera que la había atendido anteriormente; "vine antes porque realmente no doy más", e inmediatamente la mujer olvidó los horarios, las excusas y la falta de camas, la sentó en una silla de ruedas y la hizo llevar a tener el bebé. Fernando, entre tanto, se quedó llevando los papeles con una mano y comiéndose las uñas de la otra mano, temblando como una hoja, como supongo que todo padre primerizo debe hacer.
Entre las ocho menos veinte y las ocho menos cuarto (o las 19.40 y las 19.45, como a Marcela le gusta decir) nació una nena. Todas las contracciones que no tuvo la parturienta en la sala de parto, si las tuvo el padre por ser en un café cruzando la calle, donde su amigo lo había obligado a comprarse una gaseosa, la cual no le duró mucho en el estómago. Podría decirse que la niña salió tan rápido como si la hubiera escupido.
El tiempo luego pasó volando. A la niña la llevaron a realizarle estudios para asegurarse que estuviera sana, y a la madre la destinaron a una habitación junto a otra mujer. La hora de las visitas ya había terminado, por lo que Fernando no pudo ver a su pareja ni a su hija; la desesperación lo empezó a consumir. La hora de la cena también había terminado, y la compañera de habitación de Marcela había dejado unas uvas que ésta devoró con avidez. Ella también empezó a caer en la desesperación, pero una diferente a la de Fernando: una desesperación hambrienta.
A las seis de la mañana del dos de febrero, hora a la que pasaba el carro del desayuno, Marcela estaba parada en la puerta de su habitación esperando impacientemente la comida. Un par de horas después, Fernando conoció a su pequeña hija. Y le pareció quizá demasiado pequeña, porque ésta estaba acurrucada en posición fetal y tapada con una mantita, algo extraño para semejante calor; el nuevo padre recibió a su hija destapándola y estirándole las piernas, contándole los dedos de los pies, asegurándose que no le faltara nada. Cuando el doctor fue a verificar el estado de esa nueva familia consagrada, Marcela aseguraba que la nena estaba amarilla, y el doctor, que pacientemente trataba con madres como aquella, le contestó con dulzura "no te preocupes mamá, tu nena no está amarilla, simplemente es más blanca que los otros bebés y por eso te parece que es oriental. Y a propósito, ¿cómo se va a llamar?". En un par de miradas de complicidad, los padres acordaron llamarla Delfina, haciendo honor a la amante del caudillo entrerriano Francisco "Pancho" Ramírez y a una escritora. "Pero qué nombre horrible", dijo el doctor, "cuando sea adolescente te va a odiar". Marcela, ofendida retrucó sabiamente: "Delfina no es un nombre horrible; mirese, ¡usted se llama Favián!".
Así pasaron los años para esa niña nacida en Córdoba, que cuando llegó a la adolescencia no odió a su madre por nombrarla así, simplemente cada tanto odió su nombre, porque le marcó un destino del cual nunca va a poder separarse: una pasión por la historia, la escritura, y los animales.
Quienes vivieron la historia, creen que fue ayer, y sin embargo, ya pasaron veinte años de aquel primero de febrero de mil novescientos noventa y uno; como diría un español también nacido en febrero...
Veinte años cosidos a retazos
de urgencias, disimulos y rutinas,
veinte años cumplidos, en mis brazos,
con la carne del alma de gallina.
Veinte años de príncipes azules
que se marchaban antes de llegar...
Veinte años tiene la niña de los ojos de la luna, 01 de febrero de 2011.
Cosas de la vida, Incoherencias.
Copyright © 2011 — Delfina N. Moreno.