lunes, 23 de enero de 2012

La nostalgia


"Eso lo resume todo, sin dar demasiados detalles. Sin dar ningún detalle en realidad. Es lo que siento, desde hace tiempo ya, mucho tiempo; la cantidad de horas y días acumulados, que luego se convirtieron en años disminuyó el sentimiento, y sin embargo, siempre estuvo ahí, escondido, esperando el momento exacto para salir a la luz. Fui una tonta en creer que podía manejarlo. Fui una estúpida en creer que ya no había nada ahí."

En sus veintiún años había visto y oído muchas locuras de aquella mujer, pero jamás la había leído así, como si fuera un frágil cristal a punto de romperse. Él siguió leyendo.

"Lo conocí un día al azar, amigo de amigos, cuando se lo presentaron a una de mis amigas. Nos odiabamos y nos queríamos: éramos amigos. Compartíamos situaciones, risas, chistes, hombros y dolores. Estuvo ahí cuando lo necesité durante mucho tiempo. Y luego todo cambió. No sé si en realidad las cosas eran diferentes, o si siempre habían sido así; si esa amistad era sencillamente una pantalla. Al fin de cuentas, todo cambió, y todo salió mal."

Comprendió el cariz que tomaba su escritura. Jamás debería haber agarrado ese cuaderno, jamás debería haber dejado a su impulso ganar. Jamás nadie debería haber leído aquello, por algo les llaman diarios íntimos. Estaba mal. Pero siguió él siguió leyendo.

"Su confesión trajo confusión. Todos quedamos sorprendidos, alarmados, desorientados. Particularmente yo. Fue demasiado, y me resguardé detrás de esa patética excusa. Fui una mala persona, una mala amiga. Fui una estúpida que pensó que podía dejar de pensar, como si eso fuera algo que estaba permitido. Y apagué mi cerebro, dejando de lado las posibles consecuencias. No pensé que algo podía salir mal, no había lugar para lo equivocado. Y salió todo mal. Hubo maquinaciones, malinterpretaciones, daños sin maldad y sin sentido. Y lo perdí."

Se contuvo de romper el cuaderno: ella se enteraría. Se conformó con darle un seco golpe a la pared, que le dolió, en su silencioso arranque de rabia. No quiso leer más; ella era tan tonta que creía las excusas que inventaba para los demás. No podía ser tan cruel, tan obvia. Pero él siguió leyendo.

"Me aproveché de la oportunidad. Y salí perdiendo. Perdí un amigo, un hombro, y luego eso se extendió. No quedó nadie, sólo quedamos mi error y yo, que eventualmente también rehusó mi compañía. Y en los momentos que lo necesité y ya no estuvo allí, lo comprendí todo. Nunca fui su amiga, nunca tuvo esa intención. Simplemente esa fue su ventana de entrada a mí. Eso es lo que siento. Lástima por la pérdida, nostalgia por los buenos tiempos. O los viejos tiempos, en realidad. Pero principalmente lo odio. Lo odio por haber tenido, o creído tener, sentimientos amorosos que me privaron de tener su amistad. No tenía ningún derecho. Y yo tampoco, si hay que decir la verdad. Y sin embargo, de todas las personas, yo sólo necesitaba sus palabras. ¿Estúpida, no?"

Cerró el cuaderno enojado. No tenía palabras para ella, no tenía nada que decirle. Pero notó un dejo de esperanza. Quizá podría mirarla y ella entendería que no estaba todo perdido. La miraría, ella entendería, y eso sería el comienzo; no tendría que decir nada. Dejó el cuaderno donde lo había encontrado. Y decidió dejar de leer.




La nostalgia, 23 de enero de 2012.
Incoherencias, proyecto
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

martes, 3 de enero de 2012

El fin al fin

Cada uno festejaba a su manera y se les hacía imposible conciliar ambas tradiciones. Los niños correteaban por el living, mezclando saltos con gritos de guerra indígena. Los adultos charlaban en grupos de tres a lo largo de la mesa, que los contenía a todos, cuan numerosos eran, y aún así sobraba espacio. El televisor estaba prendido como un integrante más, charlando solo hasta que alguien decidía buscar algo interesante para ver, búsqueda que siempre era abandonada rápidamente. La casa era un caos, y nadie se escuchaba entre sí.
Ella lo miró entre tanto alboroto y no lo reconoció. Quizá eran los años; echarle la culpa al tiempo siempre le pareció la mejor decisión. Aún así, no estaba convencida, y no podía reconocer en aquel hombre lo principal, lo primordial. Se acordó de su amante, y no se sintió culpable: tampoco reconocía nada en él, ni le interesaba. Siguió recorriéndolo con la mirada, fatigosamente. Desistió. Pero un nuevo pensamiento atacó sus fibras más profundas: "esta no es manera de empezar el año".
Como una orquesta dirigida por el televisor, todos se prepararon y entonaron la cuenta regresiva que daría comienzo al nuevo año, sorprendiéndola en sus cavilaciones. Lo miró, y él también estaba contando. Ya no quedaba tiempo, ya se le acababan los segundos.
Ya casi llegaba, ya estaban diciendo "tres, dos, uno...". Y a fin de año, lo lógico era ponerle fin también a sus palabras, "que como cuchillos ardientes atravesaban mis lágrimas, y me rasgaban las decisiones", sosteniendo la botella de sidra en una mano y los malos recuerdos de cosas que quizá ni habían ocurrido en la otra. Se preguntó si todo aquello valdría la pena. Ya era hora, había que decirlo.

"Feliz año nuevo, mi amor."






Sobre fines de año, 31 de diciembre de 2011.
Incoherencias, proyecto
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

lunes, 31 de octubre de 2011

Las cosas que enterramos

(se recomienda para la lectura la canción "My body is a cage" de Peter Gabriel).


Un papel, una persona. Un recuerdo, una emoción.
Las cosas que enterramos son muchas.
Todos tenemos un muerto en el jardín.
Todos tenemos un muerto en el jardín, que lucha por salir.
¿Es mejor dejarlo ahí?
Es un muerto vivo, enterrado en el fondo de mi memoria.
Está muerto, ya pasó; está vivo, me habla todo el tiempo.

"Liberame", me dice, me susurra.
Y al mismo tiempo, me hostiga, me frustra.
Intento distraerme, olvidar su ausencia inconfundiblemente ausente.
Está.
No está.

El servicio meteorológico anuncia lluvias, lloviznas y tormentas.
Está.

No está.
Está.
Siempre.

Y la pregunta se mantiene.







Las cosas que enterramos, 31 de octubre de 2011.
Cosas de la vida, incoherencias.
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

domingo, 14 de agosto de 2011

Caso de desorientación y extrañitis aguda

Pucky, hoy es uno de esos días. Te necesito acá. Tu mirada, tus ojos grandes que me contestan en silencio. Tu confianza, tu fortaleza. Tu perseverancia perruna, tu instinto animal.

Estoy perdida, estoy girando; me estoy mareando. Vos ya estás más allá y ves desde lo alto lo que yo no logró ni con anteojos, lupa y GPS.

Un poco de tu guía, de tu paciencia. Te extraño. Es raro vivir sin vos, y visitarte en el patio. Es raro saber que me acompañás a donde voy sin estar realmente ahí. Sólo yo puedo verte sentada a mi lado en el colectivo, moviéndome la cola y gruñendo a aquellos que se amontonan a mi lado. Y sin embargo sos una sombra, un fantasma, un ángel.

No sé qué daría por tenerte conmigo. Ya hace cinco meses que no estás y yo todavía no aprendí a vivir, menos a vivir sin vos.





Caso de desorientación y extrañitis aguda, 14 de agosto de 2011.
Cosas de la vida, incoherencias, canciones sin música.
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

domingo, 7 de agosto de 2011

La fatalidad de toda existencia

Pues escuche usted,
que tarda en sanar.
Maravillese usted
con las campanas sonar,
y que la melodía le dé
lo que le quitó la fe.

Si ya no queda más opción
que vencer toda ilusión,
¿quién ofrecerá una razón
para ganarle al corazón?

(El olor a humedad, y de banda sonora la soda burbujeante que me espera convencida y orgullosa, como si supiera que hace mucho que muero de sed.)

Convertiré el enojo en aguarrás,
borraré de esta vida toda estima,
no verá usted ninguna lágrima,
sólo quedan sueltas las amarras.

Y el agua en cemento,
en ladrillo, no más tormento.
No más sufrimiento
por algo que olvidará el viento.






La fatalidad de toda existencia, 07 de agosto de 2011.
Cosas de la vida, incoherencias, canciones sin música.
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

sábado, 7 de mayo de 2011

Cartas de Cecilia


Querida abuela:

Te extraño. Tu ausencia se nota, quizá demasiado. Las cosas no andan tan bien en la tierra como supongo que andarán en el cielo. ¿Estarás observando meticulosamente, con esas esmeraldas que tenés por ojos, mientras te trenzas esos interminables hilos de plata? Espero que sí. Espero que el tiempo haya hecho con vos lo que no hace conmigo.

Ayer íbamos caminando, por Córdoba hacia Pueyrredón. Me acompañabas a tomarme el colectivo. Me agarrabas del cuello, "parate derecha, mocosa, así no vas a conseguir novio". Un paso, dos pasos, tres pasos, y quizá eso era el problema. Me viste discutir a solas, me viste llorarme un océano, y aún así me seguís instando a que me busque un novio. ¿Por qué?

Subí al colectivo y vos te quedaste afuera. La enorme masa de hierro comenzó a andar y me senté desganada; quería que me acompañaras todo el trayecto. Miré por la ventana y ahí estabas, sentada como un indiecito en una alfombra voladora invisible que te llevaba a la par del colectivo. Me acompañaste a destino volando como mi hada personal, y me esperaste en el café de la facultad hasta que salí a tomar el recorrido inverso.

Dibujo por Irene Lasivita
 Abuela, cada vez te veo menos. Cada vez estás más pálida. Cada vez más tus luceros son más brillantes que cegan, y tu larga trenza se mezcla con la realidad. ¿Te estás yendo? ¿Me vas a dejar definitivamente? Hay días que no te veo; te busco todo el día y no estás. Cuando te encuentro, algo en tu sonrisa te delata; no te queda mucho tiempo acá, y estás haciendo cada vez un mayor esfuerzo para venir a verme.

Veo como te tiran del camisón, tu camisón favorito. Ese violeta con florcitas y un arcoiris. Qué abuela hippie, suelo pensar. Veo como te llevan, veo como el violeta se empieza a transformar en el blanco de mi pared y de repente ya no estás, y ya sé que no vas a volver.

Estoy perdida en este mundo que no para de girar. Necesito tu toque de palabra sabia, esa frase justa que me mantenga en movimiento por voluntad propia, y no por inercia.
Me dejo caer en las sábanas rayadas de mi cama y en cámara lenta voy pensando por qué me las compré. Por qué mi mundo puede identificarse con esas sábanas. Por qué necesito dormir para desconectar mi cerebro y no pensar. Miro el techo; lo hago desaparecer y miro las estrellas (look at the stars, look how they shine for you and everything you do, yeah, they were all yellow). Me pregunto cuál de todas serás (and I saw sparks).

Es raro que pueda escribirte una carta en veinte minutos lo que vengo meditando hace veinte días.




Cartas de Cecilia, 07 de mayo de 2011.
Proyecto.
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

jueves, 28 de abril de 2011

Are you (in)visible?

Soy invisible.
Una mera presencia imperceptible.
Más que presencia, ausencia.
Apenas si puedo notar que estoy aquí.
Pero para el mundo no estoy.

Soy invisible.
Falta todo de mí.
Mis manos, mis latidos,
mis pies, mis respiros.
No dejo huellas al caminar.

Soy invisible. Te apuesto lo que quieras; no puedes verme. Creíste en algún momento que me veías, pero en realidad no era yo, sino la leve estela transparente de mi pasar.
Yo soy invisible, ¿que no lo ves? No existo sino en mi memoria, no existo sino en invisibilidad. No existo porque no me ves.
Soy invisible. No me busques, no me encontrarás. Tu maldita costumbre de mirar con los ojos te lo impedirá una y otra vez. No lo intentes, fracasarás. Crees verme, pero nunca lo harás.

Soy invisible: ya dejamos eso en claro.
No puedes verme: eso también quedó claro.
No estás intentando lo suficiente.
Esa es la obviedad de la situación.

Soy invisible, ¡qué novedad!
Me siento transparente.
Me quiebro cual vidrio, me hago añicos y no hago ruido.
Me caigo, pero soy invisible, soy transparente, soy de cristal, no existo al oído humano.

¿Qué es hoy, qué es ayer?
El sentir de hoy, el sentir de ayer.
Ayer era invisible; hoy también.
Hoy ya es ayer.

Soy invisible (cerrá los ojos).
Soy transparente (abrí la mente).
Soy de cristal (empezá a flotar).
Soy inexistente (ya casi me encontrás).

Enséñame, muéstrame, dime, repite.
Quiero que me enseñes a bailar al ritmo de tu canción, y que tus manos se mezclen con las mías. Quiero que me muestres el mundo que hay a tu alrededor, que me dejes entrar y compartir el privilegio del amor.
Dime que me quieres.
Repite que me amas.

Niégalo todo.
Olvidalo todo.
Soy invisible.
Esto es todo una fantasía.






Are you (in)visible?, 28 de abril de 2011.
Cosas de la vida, incoherencias
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.

CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

martes, 26 de abril de 2011

What's left of your fall

(dedicada a Irina Vizzari, Paula Muñoa y Fernanda Toledo)

Fotografía - Paula Muñoa

Érase una vez un árbol.
Érase una vez un árbol muy, muy viejo.
Un árbol muy viejo, muy cansado de vivir ya.

Los años lo habían hecho un árbol malo.
Un árbol triste y solitario.
Érase una vez un árbol triste, malo y solitario.

A pesar de vivir en un parque, le hubiera gustado ser palmera en una isla.
En el parque se hallaba rodeado de otros árboles.
Érase una vez un árbol que quería ser palmera.

Los círculos de su alma eran muchos.
El árbol ya estaba dispuesto a convertirse en leña.
Érase una vez un árbol cuya corteza era la más dura de todas.

Érase una vez una situación que nadie creía que podría cambiar...




Érase una vez una primavera.
Con la primavera, llegó la nueva vida.
Y con la vida, el árbol se llenó de hojas.

El árbol odiaba la primavera, odiaba las nuevas hojas que charlaban entre ellas.
Una de las nuevas, sin embargo, no hablaba con nadie.
Érase una vez un árbol que sintió compasión por una hojita solitaria de su cabeza.

Fotografía - Paula Muñoa
El árbol venció su testarudez y comenzó a charlar con la pequeña hoja.
El árbol descubrió que a pesar de ser recién nacida, tenía grandes preguntas.
¿Adónde vamos? ¿Por qué? ¿Para qué estamos aquí?

Érase una vez marzo.
El árbol por primera vez sintió tristeza: poco tiempo quedaba y perdería a su amiga.
El árbol por primera vez deseó que el tiempo se detuviera.

Érase una vez el otoño.
La hoja, presintiendo el final, procuró no desanimarse.
El árbol, presintiendo el final, procuró no entristecerse.

Érase una vez el otoño.
Érase una vez una muerte.
Érase una vez una amistad tan fuerte que fue más allá de un otoño.
Érase una vez, siempre, la primavera.




What's left of your fall, 26 de abril de 2011.
Cosas de la vida, cuentos hipercortos.
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.

CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

sábado, 23 de abril de 2011

This moment is mine


Esta soy yo.

Fotografía - Paula Muñoa
Quería presentarme, y reflexionar un momento acerca de alguna inquietud en particular. O muchas inquietudes en general. Sobre la facultad, sobre la vida, sobre el sentido de las cosas y el sinsentido de la nada. Quizá solamente quería decir "hola, esta soy yo" y ver qué ocurre. Gritar al mundo que estoy presente, que estoy acá, que "¿cómo es posible que todos pasemos desapercibidos?". Todos somos un mundo, y somos parte de este mundo, ¡alguien, preste usted atención!

Estoy abrazando un osito que ni siquiera es mío, ni siquiera es un osito, no es un Osías, osito en el bazar. No, es un conejo. No sé como se llama, pero es de una hermana del corazón. Se supone que ante tal parentezco, debería saber el nombre de la criatura; pero no lo sé. Vergüenza la mía.

Estoy sonriendo, cual muchacha feliz. ¿Lo soy? Gran pregunta, gran interrogante. Eso es algo que la vida, los años, los impuestos, las notas de la facultad y la gente que me rodea sabrá responder. Porque mi felicidad no depende de mi sola, depende de muchas variables, de muchas personas, de muchas situaciones.

Uso anteojos porque soy chicata, porque veo la mitad de las cosas como son y la otra mitad como me gustaría que sean; también los uso para ver la realidad, para ver la crudeza del mundo sin que se escape nada; y los uso para no perderme en la fantasía de la cosas, en la utopía que veo en cada una de ellas... bueno, ya no las veo. Uso anteojos de la misma forma que dejé de ver al Ratón Pérez cuando se me cayó el último diente, de la misma forma que lo volveré a ver cuando sea anciana y se me empiecen a caer de nuevo. Y dejaré de verlo en mi último diente, y en mi paso hacia el más allá. O quien sabe, capaz me ayuda a cruzar.

Fotografía - Paula Muñoa
Normalmente, llevo dos cosas colgando de mi cuello. Una, es una cadena de mi mamá con un díje de delfín. Sí, es una alusión a mi nombre. Sí, me lo pongo porque siento que así la llevo cerca, la llevo a todos lados, aunque yo ya sé que ella es mi voz de la conciencia, no por nada somos tan parecidas. También suelo llevar otro colgante, uno cuya foto anda dando vueltas por este blog; es un "Stop!" de pinta retro, que recuerda a toda persona del sexo masculino que esta jovencita tiene novio; stop, usted no puede acercarse más de lo debido, stop, usted no puede acercarse a leer esto que tengo escrito en la piel; stop, stop, alejese usted que está demasiado cerca.

Tengo el pelo corto porque "soy re heavy y re jodida", y porque sencillamente me aburrí de tener el pelo largo. Me lo corté el día que cumplí dieciocho años (hace dos de esto) y cada tanto macheteo más y más mechones. El día que empecé la facultad este año me hice una promesa (porque de lo contrario me iba a quedar pelada): no más cortes drásticos de pelo hasta que te recibas, Delfina. Sí, nadie sabe cómo vas a hacer para soportar dos años y el presente más con el mismo cortecito recto y enrrulado, pero bueno... el que quiere celeste, que mezcle blanco y azul.

Esta soy yo. Gritando en el medio de muchísimas otras voces que también quieren ser escuchadas. Ce moi; this is me.


Delfina.





viernes, 18 de marzo de 2011

Cartas de Cecilia


Te vi besarla. Te vi. No lo niegues, no me preguntes quién me lo ha contado; yo te vi. Con mis propios ojos, te vi. Quiero arrancarlos ahora y borrar de mi cruel memoria esa imagen, pero no puedo negarlo; te vi besarla.
No llores, no hagas promesas, no inventes excusas. ¡Yo te vi! Y ya que no te atreves a preguntarlo, sí, me dolió. Creo que algo dentro de mí se partió cual cristal cae al piso. Tengo un millón de fragmentos por pegar. La pregunta es si lo haré. Pero te vi besarla, y es razón suficiente para no ponerme en la frustrante tarea de unir pedacito por pedacito. ¿Por qué debería hacerlo? No me corresponde a mí, yo no lo rompí.

Te vi besarla; no me toques. Te vi besarla como tantas veces me besaste a mí. Con pasión, con locura. Por mi cabeza surgió el pensamiento "así nos debemos ver nosotros, así como yo te veo ahora, besándola a ella". Le agarrabas el cuerpo como una vez lo hiciste conmigo, apretabas tus labios fuertemente contra los suyos, como si fuera el primero y como si también fuera el último. Bueno, te tengo noticias, mañana no es el fin del mundo.

¿Cómo se te ocurre ahora que con sólo acercarte y transmitirme tu calor tan tuyo voy a resignarme a esconder mis recuerdos en el baúl de los olvidos? ¡Te vi besarla! ¡Te vi darle amor, te vi, te vi, te vi! Y simultáneamente, hacías lo mismo conmigo. ¿Cómo sé que eso fue real? No fue real, esa es la respuesta. No podías amarnos a las dos. Y si me amaste primero, significa que lo real fue tu amor por ella. No me toques. Te vi, y no me olvido.


¿Realmente crees que podemos ser felices? Te vi besarla. Vi como tus manos se unían a las suyas, como enlazaban los dedos encajando de la misma manera que mis manos. No, te vi besarla, no quiero recordar. No me toques, límpiate esos mocos, por favor. Aléjate de mí, no me toques. No quiero verte, no puedo verte. ¡Te vi besarla! 

El tiempo se detuvo infinitamente. No sé cuándo me moví de allí ni cómo llegué al día de hoy; sólo me acuerdo que te vi besarla, y que ese fue el fin. O quizás no lo hice, y te imaginé hacerlo, te soñé hacerlo. Y la situación parecía tener sentido, que terminé por creerlo. ¿No lo entiendes? Si no se ha hecho realidad hoy, se hará mañana. Yo prefiero no estar cuando ocurra. Arranquemos las plantas de raíz, es mejor; tira de estas flores que tengo por sombrero antes que crezcan lo suficiente como para verlas. Hazlo rápido, hazlo ahora.

Te soñé besarla, y sé que quieres hacerlo. Sé también que te alejas de ella por culpa, por remordimiento. Pero no tienes ninguna obligación para conmigo; simplemente crees que me amas y sigues actuando como si de verdad lo hicieras. Deja de fingir. Deja de lastimarme así. Deja de pensar por un momento que tu acto contribuye a mi felicidad, porque no es así. ¿Soy feliz con vos? No soy ignorante. No soy una estúpida, o por lo menos eso intento.

Quieres besarla, pues anda y hazlo. Dejame aquí con mi tristeza, pero con una pequeña sensación de bienestar. Anda y sé feliz, y dame la oportunidad de serlo, sino con vos, con otra persona o sola. Pero no finjas, no me mientas con la mirada; es peor.




Cartas de Cecilia, 18 de marzo de 2011.
Proyecto.
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno. 
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

miércoles, 9 de marzo de 2011

Shiny teeth

(dedicada a Quillén Muñiz)

Smile, little kitten,
and please don't look back.

Remember your tears
and try to hide them behind your ears.
But don't get too nostalgic!
Ain't nothing more tragic
than live in the past.

Smile, little kitten,
and please take it back.

Remember good old days
and try to forgive the pains.
But don't you forget!
Ain't nothing more blue
than something that's not true.

Smile, little kitten,
show me those pretty teeth.

Smile, little kitten...
it brightens my day.



Shiny teeth, 09 de marzo de 2011.
Cosas de la vida, canciones sin música.
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

miércoles, 2 de marzo de 2011

Pucky, tengo medio alma sin vos


Sleeping beauty
Hola negra. Te estoy escribiendo porque ya hace un día que no estás, y estas veinticuatro horas se me han hecho una eternidad. No sé qué contarte que ya no sepas; Lemon y Clodo estuvieron tirándome besos cada vez que me pongo a llorar, y Catán llora cuando no nos quedamos con ella. Mamá se mantiene por todas nosotras, pero no creas que por eso te extraña menos. Simplemente ella le ve el lado positivo. Yo también, pero tu ausencia gana, y no lo puedo evitar.

Te trajeron hacia mi con el pretexto de que eras cachorro de pequinés. El hocico te llegaba a la esquina en comparación y tus patitas demostraban que ya no eras tan bebé. Pero aún así no podías apoyar la cabeza en la cama, tan pequeña que eras, y me sacaste el enojo de levantarme de la siesta moviéndome la cola. Fue amor a primera vista. Yo tenía siete años.

Ahora tengo veinte años y vos te me fuiste. Me dejaste acá, creo que para ayudar al resto de esta familia a superar tu ausencia, pero ni yo puedo lograrlo. Siento que falta algo, que falta ese pelo tan tuyo tirado sobre la colcha. Faltan tus ojos expresivos, ese par bien Della Cecca que nos comunicaba todo y mucho más. En el último mes ya no sé exactamente qué nos pedías al mirarnos.

La muerte te fue empequeñeciendo, como si te hubieras vuelto la cachorra esa que llegó a casa una tarde de otoño. También te embelleció; nunca estuviste tan linda, con el pelo tan negro. Te tuve en mis brazos dos horas antes de enterrarte; no sé si te diste cuenta. Estabas tan tranquila, tan pacífica; parecía que dormías. Pensé que en cualquier momento respirarías, abrirías esas almendras que tenías por ojos y me mirarías preguntándome "¿qué te pasa, Del?". Pero no lo hiciste, y yo sigo esperando verte por acá.

Te llevaste un pedazo de mi alma, negra. Vos eras mi daimonion, mi yo perruno; ¿cómo voy a hacer para vivir sin mi mitad en can, sin vos que personifiques mi mal humor, mis mañas? Sé que me dejaste un pedazo de vos en Catán, en el Lemon, en la Clodo, ya que a los tres les enseñaste algo; incluso tu falta de enseñanza en Catán me hace acordar a vos. Mi falta de paciencia cuando quiero enseñarle algo, también, quizá por eso vos te rendiste antes y ni lo intentaste.

Te extraño; no soy yo sin vos.
No sé qué hacer; tengo tu foto de salvapantallas y la miro en todo momento.
Es tu última foto.

Como si no tuviera un brazo, una pierna, me falta un trozo en lo más hondo.
Mandale saludos a Kriyé, a Yamil, a Eira y a Freda. Te sumaste ayer a mi clan personal de ángeles de la guarda. Mandanos mucha fuerza para estar sin vos, porque tu presencia no fue nunca reemplazable. Y ayudame a encontrar en otro perro lo que encontré en vos: una hermana, una mejor amiga, una mitad de mi alma.



Ahora podés dormir eternamente la siesta envuelta en mi toalla.
Te amo, Pucky.





Pucky, tengo medio alma sin vos, 27 de febrero de 2011.
Cosas de la vida.
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

jueves, 10 de febrero de 2011

Oh, Mr. Bob Harris, "lip" my stockings!


Con esta imagen se inica la película.
Para los amantes de quien creo fervientemente que es una fenomenal actriz,
es el puntapié inicial para creer de antemano que la película que tengo ante mis ojos
va a ser genial.

El título de la película demuestra que los traductores también se perdieron en el abismo entre la cultura inglesa y nuestro propio idioma. Lost in translation (en criollo, Perdidos en Tokio) nos muestra la relación entre un actor norteamericano promocionando un whisky japonés, y una recientemente casada graduada en Filosofía que está acompañando a su marido fotógrafo mientras éste trabaja. Tiene un par de particularidades que la hacen única: no solamente sus dos protagonistas (a saber Bill Murray y Scarlett Johansson), sino también quien escribió y dirigió la obra, nada más y nada menos que Sofía Coppola.


Bob Harris (Bill Murray) es un actor de mediana edad que está atravesando una crisis; su matrimonio carece de romanticismo y se encuentra en una nación extraña promocionando una bebida cuando podría estar disfrutando de su labor como actor en su país natal. En el mismo hotel se encuentra Charlotte (Scarlett Johansson), la esposa dejada de lado de un fotógrafo quien recorre Japón mientras ella lo espera en Tokio. El encuentro entre ellos resulta conmovedor para cada uno; no sólo en el camino se encuentran a sí mismos, sino encuentran una compañía en un país lleno de extranjeros.


 Tardé bastante en decidirme si me gustaba o no las imágenes que veía ante mí. Pero quizá fue por la sensación de vacío que me contagiaban sus personajes, las calles llenas de elementos de una cultura que no entiendo y que no me interesa, el idioma totalmente irreproducible. Me sentí tan perdida como ellos, como si la directora hubiese tenido por intención que entre el japonés y el inglés quedaramos nosotros tres (personajes y espectadora), olvidados en ese país tan pequeño y abarrotado.


Cuando terminé de ver el film, saqué la conclusión apresurada de que me había aburrido catastróficamente. Y luego reflexioné: los personajes estaban en mi misma situación. ¿Por qué debería juzgar una película como mala por haberme aburrido, cuando en realidad había logrado una comunión plena con los personajes?




Un dato interesante: la película obtuvo varias nominaciones y premios; ganó un Oscar por Mejor Guión Original (2003), un Globo de Oro a Mejor Película - Comedia o Musical (2003), un Globo de Oro a Mejor Actor - Comedia o Musical (2003) y un Globo de Oro a Mejor Guión (2003), entre otros.

(¡SPOILER!) Bonus: la escena que vale el título. A Bob Harris le mandan una prostituta que en vez de pedirle que le rip my stockings (rasgar las medias), le dice lip my stockings, que puede confundirse con lip (labio), leap (brincar, saltar) y lick (lamer).






Escuchá a Charlotte cantando Brass in Pocket de The Pretenders.



Oh, Mr. Bob Harris, "lip" my stockings!, 10 de febrero de 2011.
El séptimo arte, Cosas de la vida.
Copyright © 2011 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina 

lunes, 7 de febrero de 2011

La travesía del Belafonte

(¡ATENCIÓN! Esta lectura puede contener spoilers; ¡abstenerse o reventar!)



Luego de la decepcionante búsqueda por ese poster, y las consecuentes horas sentada frente a Paint, logré por fin que quedaran iguales; a saber, el original está en la casa de mi novio (quien no está en la foto). Muchas veces lo habíamos mirado, ya casi se mimetizaba con las paredes cuando una duda se nos planteó: ¿por qué tenemos un poster de una película que no hemos visto?
 
 
Así nos propusimos ver THE LIFE AQUATIC with Steve Zissou, dirigida por Wes Anderson y con un elenco notable: Bill Murray, Anjelica Houston, Cate Blanchett, Owen Wilson, William Dafoe, Jeff Goldblum y Michael Gambon, entre otros. Por diferentes motivos, la miré sola, con cierto escepticismo. No me convencían la trama, ese gran rejunte de actores ni el estilo del director (Wes Anderson), pero por esos motivos desconcertantes que tiene la vida, puedo confesar que quedé fascinada.
 
La trama narra la historia del oceanógrafo Steve Zissou (Bill Murray) y su "Team Zissou", mientras atraviesan un período de decadencia luego de una etapa dorada; la película comienza con la exhibición de su último documental en el que uno de los miembros del grupo es devorado por un "jaguar-tiburón", animal de existencia dudosa para el público. Dolido por la pérdida de su amigo y sus continuos fracasos, Steve Zissou decide emprender la venganza contra el atrevido tiburón, sumandose a la aventura su esposa Eleanor (Anjelica Housten), una periodista embarazada (Cate Blanchett) y un piloto que dice ser su hijo de una aventura con otra mujer (Owen Wilson).
 
Una vez emprendida la marcha empiezan las charlas entre padre e hijo, las discusiones marido-mujer, los enfrentamientos con otro oceanógrafo con más logros (Jeff Goldblum), las entrevistas con la periodistas, y una serie de sucesos estrambóticos como robos en alta mar, motines, tiroteos, siempre con cámara en mano documentándolo todo.
 
La película logró embriagarme de agua, los celestes y rojos del uniforme, animales fantásticos, lugares inusuales y situaciones extrañas; pero su ritmo, si bien lento, es decidido; la búsqueda del tiburón es una mera excusa para reafirmar las relaciones entre los tripulantes de la nave (o para tirarlas por la borda). El final no es una obviedad, pero conforma a esta espectadora; no creo que hubiese cabida para ningún otro desenlace.
 
El bonus: todas mis miradas se las robó Pelé dos Santos (Seu Jorge), un brasilero que no se inmuta ante nada cada vez que agarra su guitarra y deleita al público con canciones de David Bowie en portugués.
 
Un dato interesante: la película es tanto una parodia como un homenaje a Jacques Cousteau (si bien su organización no participó en la producción), de quien yo también estuve enamorada, al igual que Phoebe Buffay.
 
 
 
 
Escuchá a Pelé dos Santos cantando Lady Stardust de David Bowie



La travesía del Belafonte, 07 de febrero de 2011.
El séptimo arte, Cosas de la vida.
Copyright © 2011 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina 

martes, 1 de febrero de 2011

Veinte años tiene la niña de los ojos de la luna

(Esta es una historia verídica. Cualquier similitud o coincidencia con la realidad es totalmente a propósito.)

Hace veinte años, Marcela se levantaba a las seis de la mañana, bajo el sofocante calor que sabe ofrecer Córdoba capital en pleno verano. El simple hecho de existir te hace transpirar, cualquier tipo de movimiento o actividad provoca cataratas de sudor. Abrió los ojos, suspiró y pensó para sus adentros feliz "hoy nace". Fernando, todavía bajo el encanto de su pareja, también se despertó, al oír a aquella muchacha de veintitrés años que se movía. Ella tuvo la mala idea de transmitirle su pensamiento, y así el calvario comenzó. Lo que debería ser un día tranquilo en pos del nacimiento, de la nueva vida, se convirtió en un ajetreo de preocupaciones. "¿Segura? ¿Y cómo sabés? ¿Te sentís bien?" y mil otras preguntas que Marcela ya ni se molestó en contestar. ¿Qué más certeza que esa intuición de madre por ser, de mujer que ha esperado nueve meses pacientemente y que sabe que no va a pasar otro día más con panza?

Entre Fernando y un amigo la llevaron a rastras a la maternidad; ella no quería, "no es el momento, todavía no" les decía, pero ellos, pobres hombres que no saben lo que es tener un ser en las entrañas, hicieron oídos sordos o cerebros obnubilados ante los dichos de la embarazada. En la maternidad, como era de esperarse, le dijeron que estaban saturados de mujeres pariendo; como nunca, todo el mundo quería dar a luz. "No, vuelva más tarde, vuelva a eso de las cinco de la tarde; y sino, atiendase en algún otro centro médico". Pero no, eso no podría ser posible, porque Marcela, cual cordobesa era, se distinguía por su terquedad, y quería atenderse en el mismo lugar donde había hecho cursos de relajación para el parto, donde estaban los médicos que había frecuentado; quería ese lugar con paredes exteriores rosadas que ya le era tan familiar.

Asi que pasaron el día a las corridas, porque Fernando quería que Marcela pariera, quería ver a su hijo, a Federico Fernando. De esta manera, se pasó el día con un raviol obstruyendole la garganta; se rehusó a comer otra cosa y ni siquiera se dio cuenta que si se alimentaba con algo más, iba a desaparecer cuan flaco era. Iba a las apuradas de aquí para allá, como un correcaminos, y pretendía que todos los demás le siguieran el paso.

A las cinco volvieron a la maternidad, pero todavía no había señales de Federico Fernando, que tantos dolores de cabeza le estaba dando a su padre, costumbre que no perdería una vez nacido. "Vuelva a las nueve"; los nacimientos seguían suciediéndose unos a otros y todavía no había ni espacio ni señales del bebé. A las siete de la tarde, Marcela se dio cuenta que realmente no daba más. Vivían en un modesto departamento de dos plantas, y ella se encontraba en la de arriba; quería bajar, pero no podía, la panza la estaba mortificando de dolor; Fernando, en la planta inferior la apuraba insistentemente, de la misma manera que te apura alguien cuando estás maquillándote en el baño y quieren entrar. Tras unos minutos que parecieron horas, Marcela bajó agarrándose la barriga y con un solo pensamiento: "ahora si, ahora va a nacer; ya vienes, hija querida".

¿Hija querida? ¿No era "Federico Fernando"? Bueno, hace veinte años no se acostumbraba a saber con antemano el sexo del bebé, por lo que era más bien un juego de adivinanzas. Y todos decían que iba a ser varón, el nombre ya estaba casi decidido. Digo casi, porque la única que estaba en desacuerdo era la futura mamá. Ella sabía, así como Isabel Allende soñó a sus nietos días antes que le dijeran "sí, vas a ser abuela"; Marcela sabía que en su interior no había ningún Federico Fernando (afortunadamente, porque esa combinación de nombres es espantosa), que en el vientre llevaba a una pequeña criatura de sexo femenino. Nadie le creía, pero el destino sabría ponerse de su lado.

Llegaron a la maternidad en un suspiro; el amigo de Fernando (no recuerdo si era un "Pupi" o un "Ferni") tenía un vehículo maltrecho casi sin frenos que los llevó como un prostíbulo en quiebra hasta la maternidad del barrio cordobés de San Vicente. Marcela entró pidiendo disculpas a la enfermera que la había atendido anteriormente; "vine antes porque realmente no doy más", e inmediatamente la mujer olvidó los horarios, las excusas y la falta de camas, la sentó en una silla de ruedas y la hizo llevar a tener el bebé. Fernando, entre tanto, se quedó llevando los papeles con una mano y comiéndose las uñas de la otra mano, temblando como una hoja, como supongo que todo padre primerizo debe hacer.

Entre las ocho menos veinte y las ocho menos cuarto (o las 19.40 y las 19.45, como a Marcela le gusta decir) nació una nena. Todas las contracciones que no tuvo la parturienta en la sala de parto, si las tuvo el padre por ser en un café cruzando la calle, donde su amigo lo había obligado a comprarse una gaseosa, la cual no le duró mucho en el estómago. Podría decirse que la niña salió tan rápido como si la hubiera escupido.

El tiempo luego pasó volando. A la niña la llevaron a realizarle estudios para asegurarse que estuviera sana, y a la madre la destinaron a una habitación junto a otra mujer. La hora de las visitas ya había terminado, por lo que Fernando no pudo ver a su pareja ni a su hija; la desesperación lo empezó a consumir. La hora de la cena también había terminado, y la compañera de habitación de Marcela había dejado unas uvas que ésta devoró con avidez. Ella también empezó a caer en la desesperación, pero una diferente a la de Fernando: una desesperación hambrienta.

A las seis de la mañana del dos de febrero, hora a la que pasaba el carro del desayuno, Marcela estaba parada en la puerta de su habitación esperando impacientemente la comida. Un par de horas después, Fernando conoció a su pequeña hija. Y le pareció quizá demasiado pequeña, porque ésta estaba acurrucada en posición fetal y tapada con una mantita, algo extraño para semejante calor; el nuevo padre recibió a su hija destapándola y estirándole las piernas, contándole los dedos de los pies, asegurándose que no le faltara nada. Cuando el doctor fue a verificar el estado de esa nueva familia consagrada, Marcela aseguraba que la nena estaba amarilla, y el doctor, que pacientemente trataba con madres como aquella, le contestó con dulzura "no te preocupes mamá, tu nena no está amarilla, simplemente es más blanca que los otros bebés y por eso te parece que es oriental. Y a propósito, ¿cómo se va a llamar?". En un par de miradas de complicidad, los padres acordaron llamarla Delfina, haciendo honor a la amante del caudillo entrerriano Francisco "Pancho" Ramírez y a una escritora. "Pero qué nombre horrible", dijo el doctor, "cuando sea adolescente te va a odiar". Marcela, ofendida retrucó sabiamente: "Delfina no es un nombre horrible; mirese, ¡usted se llama Favián!".

Así pasaron los años para esa niña nacida en Córdoba, que cuando llegó a la adolescencia no odió a su madre por nombrarla así, simplemente cada  tanto odió su nombre, porque le marcó un destino del cual nunca va a poder separarse: una pasión por la historia, la escritura, y los animales.

Quienes vivieron la historia, creen que fue ayer, y sin embargo, ya pasaron veinte años de aquel primero de febrero de mil novescientos noventa y uno; como diría un español también nacido en febrero...


  
Veinte años cosidos a retazos
de urgencias, disimulos y rutinas,
veinte años cumplidos, en mis brazos,
con la carne del alma de gallina.
Veinte años de príncipes azules
que se marchaban antes de llegar...


Veinte años tiene la niña de los ojos de la luna, 01 de febrero de 2011.
Cosas de la vida, Incoherencias.
Copyright © 2011 — Delfina N. Moreno.

lunes, 31 de enero de 2011

La última hora y diez minutos.

(se recomienda para esta lectura el tema "20 years of smow" de Regina Spektor)

Será como las veces anteriores. La espera, que a veces se hace interminable, pasará volando acompañada de merluza a la plancha y puré, del bueno. Dejé a mis hermanas, dejé mi casa, para cambiar el aire y fingir que quiero festejar, que realmente estoy contando los segundos, mordiendome las uñas a la espera de este nuevo número que tengo que asimilar. Pero podría estar ahí, sola pero con ellas, hablando de trivialidades, como si fuera treinta de enero o tres de febrero; fechas que no tienen importancia para nosotras, que no significan nada.

En parte quiero que llegue, como me pasa todos los años, en parte quiero que el tiempo se congele en esta hora y diez minutos, para que no llegue nunca. Me recorre un escalofrío por la espalda pensar que tengo que dejar de decir diecinueve, como ocurrió antes con el dieciocho. Creo que el único número que me alegré de dejar atrás fue el quince; el dieciséis es mi favorito, siempre lo fue y siempre lo será, y bajo lágrimas le dije adiós. Pero ahora dejo atrás toda una década, y debería revisar qué me ha pasado en todo este tiempo. No es lo mismo cuando del nueve se cambia al diez; nadie nota siquiera la importancia de ese nuevo número, de los dígitos dobles, asi como nadie me toma en serio cuando digo que del diecinueve al veinte, algo cambia, sustancialmente. Si, el uno pasa a ser un dos. Pero no es solamente eso. Es una nueva década.

No quiero admitir que por dentro, muy al fondo en mi alma, me está agarrando el viejazo. Pero tampoco lo puedo negar demasiado, aunque las amigas de mi mamá o mi abuela se ofendan ante tal pensamiento diciendo "¿y a nosotras qué nos queda entonces, que pasamos los cuarenta, los setenta?" Ganas de vivir les queda, aparentemente, sino no hubieran aguantado tantos años de suplicio que la vida te pone enfrente para que la pases bomba.

De fondo, si bien me gustaría estar escuchando 20 years of snow, es mejor que no sea así. La melodía no es muy alegre, más bien todo lo contrario, y el hecho de que suene John Mayer con su versión de I don't need no doctor, mientras mi novio le sigue el paso live desde su casa, hace que este preludio tenga un poco más de color.

Asi que no resta más que esperar, con el leve dejo de tristeza de que no tengo a toda mi familia cerca, ni siquiera una foto de mi hermano y nosotras, su harén, como para pegarme cerca del corazón y no arrancar un lagrimón. Convengamos, leer memorias de Isabel Allende una hora y diez minutos antes de cumplir veinte años, no ayuda en absoluto.



I'm 20 years of clean
and I never truly hated anyone or anything.



La última hora y diez minutos, 31 de enero de 2011.
Cosas de la vida, Incoherencias.
Copyright © 2011 — Delfina N. Moreno.

sábado, 29 de enero de 2011

"Usted no sabe quien es la Victoria hasta que no la ha visto bailar"




La trama enlaza las historias de tres personajes: dos reclusos puestos en libertad por la anmistía otorgada en Chile en la vuelta a la democracia, entre ellos un famoso ladrón de bancos y una bailarina de ballet. Todos, de distinta manera, buscan recuperar algo, o recuperarse ellos mismos, y dependen de su voluntad mutua para superar los obstáculos.
La película está basada en el libro del mismo nombre de Antonio Skármeta y fue candidata en nueve categorías en la XXIV edición de los Premios Goya, entre ellas la de Mejor Director para Fernando Trueba.


Nicolás Vergara Grey - Ricardo Darín
Nicolás Vergara Grey es el ladrón de bancos, que a su salida decide dejar atrás la vida delictiva y dedicarse de lleno a reconquistar a su mujer y a su hijo, con quienes luego de tanto tiempo ya no sabe cómo comunicarse. En el fondo de este personaje se puede percibir a Ricardo Darín, cuya frase "no te hagas el boludo" no puede faltar ni siquiera en una producción española ambientada en Chile. Pero aún así, enternece siendo "hombre de una sola mujer", de una sola mujer que no lo quiere cerca ni de casualidad.


Abel Ayala - Ángel Santiago

Ángel Santiago también salió de la cárcel y es recomendado a Vergara Grey por otro recluso. Su intención es realizar un gran golpe y vengarse de los abusos sufridos en prisión; Abel Ayala lo interpreta a la perfección, se gana el corazón de esta audiencia siendo el buenazo que quiere recuperar su dignidad, lograr mantener la felicidad y el amor, cumplir su sueño.




Miranda Bodenhöfer - Victoria Ponce
 Victoria Ponce es, quizá de todos, el personaje más complejo. Habiendo perdido a sus padres durante la dictadura, también decidió perder el habla, y su única forma de expresión es la danza. "Si hubiera justicia en el mundo, estaría bailando en el Municipal", dice su profesora, y realmente la chica compensa con movimientos y expresiones lo que carece en palabras. Su único diálogo propone un final perfecto que me recuerda al desenlace de El cisne negro de Darren Aronosfky; una especie de final abierto que me deja con la intriga y con ganas de más.






Su sencillez y las actuaciones de sus protagonistas principales me llevan a tantear terreno de las risas y las lágrimas; el amor, la alegría, la decepción, la traición y la muerte son elementos claves de la narrativa que se alternan generando esta puesta única.
A mi parecer, lo esencial es dejarse llevar por ese baile, esa elegía en movimientos que realiza Victoria a sus padres basándose en Los sonetos de la Muerte de Gabriela Mistral. ¿Cómo reprimir el lagrimón?








"Usted no sabe quien es la Victoria hasta que no la ha visto bailar", 29 de enero de 2011.
El séptimo arte, Cosas de la vida.
Copyright © 2011 — Delfina N. Moreno.

domingo, 23 de enero de 2011

Town with no cheese

(se recomienda para esta lectura el disco Anywhere I lay my head de Scarlett Johansson)


This is a town with no cheer, he said.
This is a town with no joy, she replied.
And I kept wondering what they meant.

There were no long faces, no sad tears.
No blue traces, no dead deers.

 Nothing resembling black clouds,
but a clean sky and a shining sun;
just two smiling cows,
playing side by side with a hound.

And he said this is a town with no cheer.
And she replied this is a town with no joy.
I've stop wondering once I took a look at their souls.

All the glitter had vanished,
all the rainbows were gone.
Not even kids were spared,
not even sequins were worn.

While they kept planting gardens in people's heads
we said this is a town with no cheer, this is a town with no joy.
Don't drink that beer, don't talk to that boy;
this is a town with no cheer, this is a town better left alone.

But anywhere I lay my head, no matter where,
I will have the smiles, the singing bird and the purple roses.
But anywhere I lay my head, no matter where,
there will be a big wheel of cheddar cheese looking after a cat named Moises.





Fotografía - Joaquín Curá


Town with no cheese, 23 de enero de 2011.
Canciones sin música, Je ne comprenez pas.
Copyright © 2011 — Delfina N. Moreno.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Amigos anónimos

El martes 21 de diciembre rendí mi primer final oral. Hacía calor en Buenos Aires, y los minutos parecían pegarse entre ellos, todos sudados, impidiendo su rápido paso por la vida hacia la muerte. Todos los relojes parecían complotados para vivir más despacio, para retrasar el momento de mi examen, para hacerme sufrir un poco más. El examen en sí duró lo que dura un suspiro, o por lo menos eso me pareció a mí, después de tan eterna espera. Aprobé, pero lo más importante fue la compañía que me ayudaba a mover los minutos.

Eramos tres al principio, enfurruñadas contra las agujas, prendidas al minutero que no se quería mover si el segundero no completaba su vuelta, y éste que había salido a dar un paseo y buscar algo fresco. "No, muchachas, hace mucho calor para moverse, acá en el 12.53 estoy bien".
Nos resignamos a que se movieran. Decidimos que el reloj se movería a su gusto y antojo y que no teníamos otra opción que esperar. Plásticas y Combinadas, allí unidas a la espera de una batalla que teníamos que ganar. Empezamos a charlar. De la vida, de nuestros planes para las vacaciones que empezarían en el mismísimo momento que saliéramos de rendir, de las materias que habíamos cursado, de nuestras experiencias en exámenes. Las agujas empezaron a interesarse por nuestro tema y a moverse a paso de hombre, pero al menos se estaban moviendo ahora.

El examen llegó. Mis nuevas amigas me desearon suerte, y entré a rendir en pánico. Los minutos y segundos se rieron de mí durante los veinte minutos que hablé de teatro, pero me felicitaron solemnemente, cual académico da una conferencia ante sus colegas internacionales. Salí mitad feliz, mitad desesperada. Y los segundos me mandaron a aquellas Plásticas, que estaban enojadas con la misma profesora que me había tomado teatro. Me preguntaron cómo me había ido, les pregunté lo mismo. Estuvimos charlando una hora más hasta que nos dieron las libretas con unos flamantes aprobados. Ahí nos percatamos de que por fin eramos mujeres libres, de que la Navidad estaba a tres días, de que yo todavía seguía en Buenos Aires. Caminamos todas hasta la parada de mi colectivo y allí nos dijimos adiós como si hubiéramos pasado todo el año juntas, como si el año que viene empezáramos las mismas materias, como si no fuéramos de diferentes orientaciones.


Una vez en el colectivo, los minutos no cesaron de correr hasta que llegué a la residencia, a Retiro, a mi casa. Y por el tiempo que pude mantener mi mente activa, alejada de cosas irrelevantes en este momento, pensé en esas chicas que me habían acompañado como si me conocieran de toda la vida, cuando en realidad ni siquiera intercambiamos nuestros nombres.
Ojalá nos volvamos a ver.




Amigos anónimos, 29 de diciembre de 2010.
Cosas de la vida.
Copyright © 2010 — Delfina N. Moreno.
CC BY-NC-SA 2.5 Argentina

lunes, 20 de diciembre de 2010

Samson

You are my sweetest downfall
I loved you first, I loved you first.
Beneath the paper sheets lies my truth
I have to go, I have to go
Your hair was long when we first met.
Samson went back to bed
Not much hair left on his head
He ate a slice of wonderbread
And went right back to bed

And the History book forgot about us
And the Biblie didn't mention us
The Bible didn't mention us
Not even once.

You are my sweetest downfall
I loved you first, I loved you first.
Beneath the stars came falling on our heads
But there is just told light, there's just told light.
Your hair was longwhen we first met.

Samson came to my bed
Told me that my hair was red
Told me I was beautiful
And came into my bed.

I cut his hair myself one night
A pair of dull scissors and the yellow light
He told me I had done allright
And kissed me 'till the morning light, the morning light
And kissed me 'till the morning light.

Samson went back to bed
Not much hair left on his head
Ate a slice of wonderbread
And went right back to bed.

He couldn't bring the columns down,
Yeah, we couldn't destroy a single one
And History books forgot about us
And the Bible didn't mention us
Not even once.

You are my sweetest downfall
I loved you first.




Samson, de Regina Spektor